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Las tres respuestas del cuerpo humano. Reacciones ante las situaciones temidas

 Desde que el hombre primitivo puebla el planeta, se sabe que ya entonces, al igual que ahora, el ser humano responde ante los peligros de dos formas: huye o lucha.

 

El cerebro más reptiliano, o sea, antiquísimo, está diseñado para proteger a la especie.

Así, cuando el hombre primitivo intuía un peligro al acecho, todo él respondía para luchar o huir.

 

El cerebro del ser humano ha ido evolucionando, pero ante el peligro, seguimos, al igual que nuestros antepasados, respondiendo de la misma forma: huyendo o luchando, si nuestro cerebro más reptil, así lo percibe .

Estamos en equilibrio mientras no nos enfrentamos o nos sorprende una situación peligrosa.

Dicho equilibrio sin embargo, a veces se rompe demasiado a menudo o por situaciones que racionalmente no supondrían temor alguno.

 

Ocurre, que nuestro cuerpo, sabiamente diseñado para perpetuar la especie, está funcionando, es decir, si reacciona es que ¡estamos vivos!, pero, al igual que un termostato averiado, salta la alarma con demasiada frecuencia.

Así, cuando se habla del miedo, de la ansiedad desmesurada, del malestar que nos producen algunas situaciones, no sabemos muy bien por qué, no nos sentimos bien, queremos evitar a toda costa según que situaciones y/o personas, lugares etc… y no estamos seguros hasta que recuperamos la serenidad. Es más, sólo con pensar en según quien o qué, nuestro cuerpo ya reacciona de forma desmesurada o poco adecuada dada la situación.

 

Qué ocurriría con una alarma de un coche que al mínimo roce de una hoja de un árbol se disparara o por la caricia del viento?

¿La alarma funciona? sí, se oye, pero se ¡volvió hipersensible!

 

Volvamos a nosotros…

Imaginemos que vamos por la selva, de safari. Todo nuestro ser está predispuesto y adaptado al entorno en el que nos encontramos. De repente se oye un chasquido a nuestras espaldas…

¿Qué hacemos? ¿Cómo reacciona nuestro cuerpo? La primera reacción será huir o prepararnos para la lucha, no estamos en medio de una ciudad, sino de safari, por tanto es probable que haya un animal cerca…

 

Interpretamos inmediatamente “Ruido, estoy en Africa- Safari- ¡león quizás!” todo esto ocurre en milésimas de segundos.

 A continuación, descubrimos que el ruido fue producido por un ¡¡¡lindo conejito!!! *

Alivio, suspiramos… pero nuestro cuerpo ya se puso en marcha,

Qué hacer con todo lo que he sentido, he hecho y he pensado?

 

Veamos que nos ocurre…

Mi cuerpo reacciona, es nuestra respuesta fisiológica

Me pongo a pensar y a sentir, es nuestra respuesta cognitiva y emocional

Paso a la acción o hago cosas, o bien me quedo paralizado, pido ayuda, es mi respuesta motora.

 

Funciona siempre igual, solo que en ocasiones, el “ termostato “ se avería y la triple respuesta es demasiado frecuente o por estímulos racionalmente inocuos. Pero a efectos de  protección de la especie, la reacción es la que es, “funcionaria  bien porque se interpreta  peligro”…

 

En las relaciones humanas, en función de cómo estemos (estado de ánimo, nivel de estrés…) puede ocurrir que ante una conversación, en una reunión, a la hora de negociar, en el trabajo, con algún familiar incómodo, o simplemente con amigos, vivamos una situación como altamente peligrosa o temida.

 

Por tanto, como que se percibe peligro, la reacción va a ser la misma que en la selva, ahora en términos sociales y de comunicación: huiré ( me inhibiré) o lucharé ( me enfadaré en exceso, me pondré a la defensiva…).

La reacción del otro/s no se hará esperar. Podrá ser diversa; una reacción posible podrá ser de conflicto, si nos pusimos a la defensiva o reaccionamos de forma inadecuada.

 

Así, infinidad de personas han pasado alguna vez en su vida por alguna situación semejante: en el colegio, siempre que aparecía  el o la compañera temida , no sabíamos porque, pero nuestra incomodidad hacía gala de su presencia.

 

De repente, nos volvíamos torpes, las palabras no salían con fluidez, y nos sentíamos el foco de las miradas y juicios de quien acababa de aparecer. Si dicho personaje desaparecía de la escena, un flujo de aire fresco volvía a nosotros y volvíamos a sonreír, a correr y a seguir disfrutando de la hora del patio. De adultos, a más de uno le ha ocurrido ( o le está ocurriendo en la actualidad), idénticamente igual que cuando éramos pequeños. Y por si fuera poco, quien lo sufre cree la mayoría de las veces, que es culpa suya.

Nuestro cuerpo estaba  interpretando, en la situación  descrita del colegio, la persona y/o situación vivida como algo peligroso, y la reacción, en ocasiones de huida podía traducirse en la soledad de los compañeros, o la cobardía a ojos de los demás. La lucha, si se daba, se traducía en insultos, gritos, y  casi nunca era en términos de negociación, por falta de aprendizaje en habilidades sociales, baja autoestima, sentimiento de culpa, etc…

 

De adultos, cuando se producen situaciones que nos provocan miedo, no siempre podré huir, en el sentido literal de la palabra. Puede darse en el entorno laboral, en el entorno familiar, con los profesores de nuestros hijos, con la comunidad de vecinos…

 

¿Por qué nos ocurre?

Si percibo peligro, es lógico que reaccione con miedo o ira. El fallo está en la distorsión de lo que estoy percibiendo ( El león por el lindo conejito). 

 

En más de una ocasión, hemos malinterpretado una mirada, un comentario o una critica. Si lo personalizamos, si tenemos una época de autoestima baja, si estamos bajo situación de estrés, es posible que perciba el entorno de manera subjetiva. Así, empiezo a ver peligro donde no lo hay, lo que antes era un reto, ahora es una amenaza, lo que antes era un chiste o una crítica constructiva, lo vivo como una desacreditación o una burla.

 

Ya tengo el termostato desajustado.

Puede entonces producirse una crisis de pánico, un trastorno de ansiedad, pero sin entrar en patología, puedo empezar a sufrir o generar conflicto por sentirme en peligro.

No estamos hablando de una “ paranoia” sino de pasarlo mal en según que situaciones donde se dan relaciones sociales, laborales, etc… y que por vivirlo de forma temida, mi reacción , precisamente por tener un “desajuste” en la percepción del entorno se convierte en huida o lucha. Empezaré a evitar situaciones, a somatizar con la sola idea de pensar…

 

Si huyo, me sentiré mal por no haber reaccionado. Si lucho, estoy en conflicto, ya que la situación en si, no requiere lucha…pero yo así lo percibo.

Sabemos hoy, que las emociones negativas, como el miedo , la ira, la rabia, segregan catecolaminas, que quedan en nuestro organismo meses, y que cuesta mucho de liberar.

Son fuente de malestar, a pesar de que a veces “ya pasó la tormenta, pero sigo sintiéndome mal”. Al igual que la taquicardia que me producirá la situación de miedo ( ya que mi cuerpo se preparara para huir o luchar y necesito que el corazón bombee más para correr), las catecolaminas empezaran su acción.

Puedo relajarme y neutralizar la tensión muscular, pero la segregación de catecolaminas es más duradera.

 

Por el contrario, el deporte, la practica de habilidades sociales, la ayuda altruista, la creatividad, es decir las emociones positivas  que la Psicología positiva nos describe, segregan sustancias incompatibles con la agresividad.

 

¿Que hacer?

·        Lo primero será identificar cuales son mis situaciones temidas

·        Luego evaluar desde cuando lo son

·        Darme cuenta de si son racionales o por el contrario, a pesar de saber que son absurdas, las vivo como temidas

·        Con quien y donde me ocurre

 

¿Cual es mi reacción, huyo o me pongo a la defensiva…?

 

A continuación, explorar como reacciono: Que me pasa primero. La reacción de mi cuerpo, los pensamientos la emoción que me produce la situación temida, ¿que hago? Todo ocurre en milésimas de segundo pero cada uno tiene una primera reacción. Hagamos la prueba: Cuando tengamos un sobresalto, pensemos que se puso antes en marcha, el corazón latiendo, la respiración cortada o bien lo que pensé “ algo malo va a pasar”…

 

Trabajar mi autoestima, si me siento competente y capaz la percepción del entorno mejorará.

Es sabido que a mejor nivel de autoestima, menos credibilidad le voy a otorgar a aquellas personas que me hacen sentir invisible ( ¡precisamente por su baja autoestima!). Si en lugar de interpretar esa situación como temida, con la consecuente reacción de huida/lucha, aprendo estrategias para afrontarlo, me veré liberado de un sinfín de ocasiones que me generan estrés. Un ajustado nivel de autoestima será importante a la hora de mejorar mi comunicación con los demás

 

Los antídotos:

 

La relajación, meditación, deporte, dieta sana y equilibrada, horas de sueño, en definitiva, hábitos saludables son el antídoto a la respuesta fisiológica.

 

El cambio de pensamiento, esto es, utilizar lenguaje racional, detectar mis fallos cognitivos ( ¡¡todo me sale mal, nadie me quiere, soy un desastre!!) ayudará a que la emoción que acompaña a dichos pensamientos ( rabia, indefensión, miedo…) también cambie

Será el antídoto a mi respuesta cognitiva y emocional

 

Pedir ayuda, buscar información, ensayar situaciones, rescribir la situación conflictiva y evaluarla, entre otras cosas, será una respuesta motora distinta a la que mi cuerpo y mente, por sentirse en peligro ha mal aprendido  siendo la respuesta motora de huida o lucha, de evitación, de tomar un tranquilizante, de sentirme indefenso y no reaccionar.

 

El aprendizaje o mejora de diversas habilidades sociales, ayudará también a afrontar situaciones, que vivo de forma estresante, de una manera mucho más saludable y efectiva.

Cierto es que si ante una situación que implique relación con personas, aparentemente neutra, me siento amenazado, tendré que explorar que me está ocurriendo.

 

Si se trata de una situación nueva para mí, debo aceptar que la novedad implica temor, pero este no debería ser invalidante, sino al contrario, un poco de alerta me será útil para ser más eficaz y cuidadoso. Ahora bien si la situación me bloquea ( ¡y el miedo bloquea!) lo único que conseguiré es generar miedo y mas miedo.

Por tanto, debería aplicar  los antídotos antes mencionados. Aun así, será necesario explorar mi nivel de “amor hacia mi mismo”. Si me quiero poco, me será más difícil enfrentarme a esa situación nueva. Si el miedo lo genera la falta de experiencia, mi repuesta motora debiera ser el buscar mas información, ensayar, etc…

Ahora bien, cuando la situación temida es producida por “otro/a”, además de trabajar mi autoestima, no estará de más evaluar mis habilidades comunicativas.

La cantidad de esfuerzo que invertimos en caer bien a los demás, o de estar a la altura, varía de persona a persona, no siempre nos vemos necesitados de dar esa apariencia.

 

Hay personas que  ante ciertas situaciones, si están protagonizadas por alguien que nos generan estrés (a veces será una impresión subjetiva y otras realmente será similar a lo que nos ocurría en el colegio), hace que la energía y esfuerzo invertido sea agotador, estamos convencidos de que estamos siendo juzgados constantemente, y creemos que encima no vamos a lograr dar la talla.

 

Aquí, la autoestima flaquea, me siento merecedor de dicho escrutinio (como si ciertas personas tuviera derecho a ir juzgando y nosotros acatando) y además, dichas situaciones provocan estados de ansiedad de lo más desagradables. Si estas situaciones se repiten en el tiempo y en cantidad, puedo acabar siendo víctima del estrés, o lo que es peor, con un estado depresivo.

 

Por tanto, además de los antídotos descritos para las tres respuestas del ser humano. A saber: la fisiológica, cognitiva y motora, o sea, lo que “hace mi cuerpo”, lo que pienso y siento y lo que hago, no habrá suficiente.

 

Necesitaré ejercitar ciertas habilidades de comunicación. Concretamente la asertividad. Dicha habilidad, me permite mostrar mis opiniones, sin menoscabo de las del resto, pero sobre todo, creo (y debo) tener derecho a hacerlo. Puedo argumentar, opinar, protestar si algo no me complace, eso si, de forma educada y segura, sin vacilar ( aunque luego me tiemble la voz!! si soy nobel en el tema). Aquella persona que es asertiva, anda lejos de bajar la cabeza, “no decir” por pensar que da igual o que no importa, que “ ya le va bien”, al contrario, no permite que se pasen el turno descaradamente a veces en una cola de espera, y sabe decir NO ( y no muere en el intento).

Su autoestima mejorará sin duda, se retroalimentan asertividad y autoestima, y por tanto, ante aquellas situaciones que me provocaban ansiedad, sobre todo las de ámbito socio/laboral, ya no me veré obligado a huir o luchar ( luchar mal) como única escapatoria.

 

Dejemos pues el miedo y la ira para cuando sean realmente necesarios, está claro que si no tuviéramos la reacción del miedo o enfado en las ocasiones que así lo requieren estaríamos indefensos. Por tanto, no pretendamos erradicar dichas emociones, sino no dejar que se apoderen de nosotros en cada esquina.

  

Referencias:

 

Pastor, Carmen, Sevilla, Juan (1995)

Tratamiento psicológico  del pánico- agorafobia

Editor Carmen Pastor

 

Rojas Marcos, Luis (2007)

La Autoestima

Nuestra fuerza secreta

 

Papeles del Psicólogo, 2006 Vol. 27

Psicología positiva, optimismo, creatividad humor, adaptabilidad al estrés. La investigación sobre los efectos de las emociones positivas

 

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  1. carolina dice:

    no me sirvio pero me imforme

  2. Lina dice:

    Muchas gracias por éste panorama tan bien explicado acerca de las reacciones ante diversas situaciones; me sirvió mucho.

  3. me hicieron una isterectomía hace 16 años y sigo con los`problemas de terribles sofocos me dicen que tengo el termostato mal ,y ahí me quedo , tengo 66 años. y nosé si voy a superar ésta situación. Por favor si me pueden aclarar algo se lo agradecería gracias…. Saludos

    Carmen

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